BOLIVIA ENTRE EL CLIMA, LA DEUDA Y EL EXTRACTIVISMO

Bolivia enfrenta una triple crisis profundamente interconectada: la climática, la económica y la derivada de su modelo de desarrollo. Esta convergencia no solo amenaza la estabilidad ambiental del país, sino también su soberanía financiera y la posibilidad real de construir un futuro sostenible. Comprender cómo estas dimensiones se articulan resulta crucial para repensar el rumbo nacional en un contexto de múltiples vulnerabilidades estructurales.

Durante las últimas décadas, los efectos del cambio climático han golpeado con fuerza a Bolivia, posicionándola en el décimo lugar del Índice de Riesgo Climático Global (Banco Mundial, 2024). Entre 2013 y 2022, más de 1,2 millones de familias fueron afectadas por eventos climáticos extremos, siendo los incendios forestales, inundaciones, granizadas, sequías y heladas los más recurrentes (INE, 2023). Estas afectaciones se ven agravadas por condiciones estructurales como la pobreza, la migración forzada, la ocupación de zonas de riesgo y una limitada capacidad institucional de respuesta. Las pérdidas económicas acumuladas superan los 2.000 millones de dólares, aunque algunos estudios sugieren que esta cifra podría ser aún mayor debido a la falta de registros sistematizados (EM-DAT, 2023).

Frente a esta crisis, Bolivia enfrenta un dilema fiscal: financiar la adaptación y la respuesta ante desastres con recursos que no posee. En muchos casos, la alternativa ha sido recurrir al endeudamiento externo, revelando una paradoja profundamente injusta. Siendo uno de los países con menor responsabilidad histórica en las emisiones de gases de efecto invernadero, Bolivia se ve forzada a asumir nuevas obligaciones financieras para enfrentar sus consecuencias, mientras los principales responsables del calentamiento global continúan posicionándose como acreedores. Esta contradicción refleja con crudeza el problema estructural de la justicia climática internacional.

La raíz de esta dependencia también reside en el modelo económico extractivista, centrado en la explotación intensiva de hidrocarburos, minerales y monocultivos. En 2022, estos sectores representaron más del 20 % del PIB nacional (INE, 2023). Durante el periodo de bonanza económica (2005–2014), el país perdió una oportunidad histórica para diversificar su economía y fortalecer sectores sostenibles. En lugar de eso, se profundizó una lógica dependiente de los ciclos de precios de los commodities y de la renta extractiva. El resultado: finanzas públicas cada vez más frágiles y un deterioro ambiental evidente, expresado en la creciente deforestación, contaminación de cuerpos de agua y pérdida de biodiversidad.

Lo más preocupante es que este modelo extractivo no solo genera las condiciones que agravan la crisis climática, sino que además obliga al Estado a endeudarse para mitigar sus efectos. Se configura así un círculo vicioso entre extractivismo, deuda y emergencia climática, cuyos costos recaen principalmente sobre los sectores más vulnerables: comunidades indígenas, campesinas y mujeres rurales.

En este contexto, Bolivia no solo necesita acceder a mayores recursos para enfrentar el cambio climático: debe exigir mecanismos de financiamiento climático más justos, adecuados y sin condicionalidades. Es urgente avanzar hacia esquemas de canje de deuda por acción climática, así como reclamar el reconocimiento de la deuda ecológica y climática histórica que los países del norte global han acumulado. Estos países, principales responsables del deterioro ambiental, deben asumir compromisos concretos bajo el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas, consagrado en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC).

Repensar el desarrollo en Bolivia implica abandonar la dependencia de un modelo extractivo insostenible, superar la lógica de la deuda como única salida financiera, y avanzar hacia una transición ecológica justa que coloque la vida, la resiliencia y la justicia climática en el centro de las políticas públicas. El país se encuentra hoy en una encrucijada histórica: las decisiones que tomemos ahora definirán el destino de las próximas generaciones.

Ing. Fabiola Azcuña Castro
Redactora de contenido especializada
Bajo Mi Sombrero Verde

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